

Cuando la República Popular de China todavía no había cumplido 10 años, su fundador, Mao Zedong, constató que un país atrasado y casi exclusivamente agrícola no tenía bases sólidas para impulsar el comunismo. El segundo plan quinquenal, a partir de 1958, promovió una reforma agraria radical que debía llevar a una industrialización masiva. Se trataba de conseguir en pocos años lo que a otros países les llevó décadas, en lo que se denominó El Gran Salto Adelante. El desastroso resultado de la iniciativa se puede resumir en decenas de millones de muertos por hambrunas, y hasta el propio Mao fue cuestionado por su partido.
Pareciera que, con todo, esa idea de quemar etapas dejó huella en el otro lado del espectro político. A ambos lados del Atlántico norte, los prebostes del capitalismo no estaban satisfechos con los resultados que la ideología de Adam Smith había dado hasta entrados los años 70; en ese momento, comenzaron a impulsar lo que podría denominarse como otro gran salto adelante: en este caso, del capitalismo. Si revisamos el status quo del momento, hay que partir del hecho de que los 30 años siguientes a la Segunda Guerra Mundial habían supuesto una edad de oro para el estadounidense medio. Las lecciones de la Gran Depresión llevaron a un aumento de la presión fiscal sobre las empresas y las rentas más altas, que se tradujo en una extensión de los servicios públicos en una apuesta por las políticas económicas keynesianas (énfasis en la demanda). El sector financiero, causante del crac del 29, fue atado en corto: se crearon agencias reguladoras y se obligó a los bancos a separar los negocios comerciales y de inversión mediante la denominada Ley Glass-Steagall, que logró que estas entidades dejasen de jugar a la ruleta con los pequeños ahorros de los trabajadores y, en general, se consolidaron otras políticas del New Deal de Franklin D. Roosevelt, como el salario mínimo, la negociación colectiva, la seguridad social y la inversión pública. En esas tres décadas, la producción anual del país se duplicó y el poder adquisitivo de los trabajadores creció un 50%. Se generalizaron las viviendas con backyard (jardín trasero) y el consumo de productos como televisores o lavadoras. Es raro encontrar, a lo largo de la historia y la geografía mundial, un caso de éxito semejante si el baremo se establece en el crecimiento generalizado de la prosperidad. Pero nunca llueve a gusto de todos.
El shock exógeno como detonante
En 1973, la OPEP decidió cortar la venta de crudo a los países que apoyaron a Israel en la Guerra del Yom Kipur,. El precio del barril en los mercados globales se cuadruplicó en cuestión de días, encareciendo las cadenas de transporte y producción y generando la temida estanflación (inflación con estancamiento económico). El presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, aplicó en 1979 una medida radical: elevar los tipos de interés al 20%. Después de generar una nueva crisis brutal, consiguió controlar la sangría inflacionaria, pero la semilla en la opinión pública estaba sembrada. Aunque fuese por causas exógenas (como ha sucedido con la inflación provocada por las guerras de Ucrania o Irán), el sistema había fallado. La crisis de los precios también causaba estragos y el consecuente descontento al otro lado del Atlántico. En 1979, la conservadora Margaret Thatcher inició su campaña contra el laborismo en el Reino Unido prometiendo limitar el poder sindical, reducir el gasto en funcionariado, rebajar los impuestos y controlar la inflación mediante la política monetaria (subida de tipos de interés y reducción del dinero en circulación). La mano dura causó estragos, pero puso coto a los precios después de años de pérdidas de poder adquisitivo.
Un año largo después, el republicano Ronald Reagan fue paradójicamente claro al asumir su primer mandato al frente del gobierno de EE UU: “El gobierno no es la solución a nuestro problema. El gobierno es nuestro problema”. La intervención pública era, por definición, ineficiente, de modo que los espacios de presencia del Estado dentro de la economía fueron reduciéndose al mínimo. Con matices, ese lema ha sobrevivido hasta nuestros días, y sirvió de justificación al “departamento de eficiencia gubernamental” (DOGE) que asignó Donald Trump a Elon Musk. Reagan también prometió equilibrio presupuestario, aunque, a pesar de los fuertes recortes en prestaciones sociales, su mandato terminó con una deuda pública triplicada por el aumento del gasto militar. De cualquier manera, el ex actor pasaría al imaginario popular como el ganador de la Guerra Fría y como el creador de reaganomics, una política económica que mantiene su prestigio en EE UU.
La revolución neoliberal
Lo cierto es que ni Reagan ni Thatcher inventaron política económica alguna. Se limitaron a aplicar las enseñanzas de la Escuela de Chicago de Milton Friedman, el economista que añadió el prefijo neo al liberalismo de Adam Smith. El teórico del capitalismo escribió a mediados del siglo XVII en su Teoría de los Sentimientos Morales que, “por más egoísta que pueda suponerse el hombre, es evidente que hay algunos principios en su naturaleza que le interesan en la suerte de los demás y le hacen necesaria su felicidad”. Por su parte, Friedman y sus acólitos hablaban precisamente del egoísmo como motor fundamental del crecimiento. Una diferencia notable que el neoliberalismo se ha encargado de ocultar a lo largo de estas décadas. Las enseñanzas de la escuela de Chicago ya estaban siendo probadas en Chile: en 1973, la CIA propició un golpe de Estado contra el gobierno democrático del socialista Salvador Allende, que acabó con su vida y derivó en la dictadura de Augusto Pinochet. El general, entre ejecuciones, “desapariciones” y torturas, no dudó en poner la economía en manos de las consignas de sus patrocinadores. La conexión es evidente: durante el arresto domiciliario de Pinochet en el marco de la investigación del juez Baltasar Garzón de los años 90, Thatcher lo calificó de “amigo incondicional de Gran Bretaña”, y lo aplaudió por “traer la democracia a Chile”.
Otra pata fundamental del neoliberalismo es la reducción de impuestos a las clases más altas. Reagan rebajó el tipo máximo de IRPF desde el 70% hasta el 28% en solo cinco años. La justificación oficial es el efecto tickle down (goteo): dejando más dinero en manos de los ricos, estos invertirían más, lo que generaría más empleo y calidad de vida para las clases inferiores. Esa teoría sigue teniendo predicamento a día de hoy incluso entre muchos trabajadores, pese a que un organismo tan liberal como el Fondo Monetario Internacional concluyese en un estudio de 2015 que “cuando los ricos se hacen más ricos, los beneficios no gotean hacia abajo”.
El nuevo liberalismo diluyó también la capacidad negociadora de los trabajadores. Las protestas laborales fueron sofocadas con medidas igualmente ejemplarizantes a ambos lados el Atlántico: casi al tiempo que Thatcher suprimía el sindicato de mineros del carbón, poniendo fin a un año de protestas, Reagan despedía a 11.000 controladores aéreos en huelga, sustituyéndolos por personal del ejército. El capital comenzaba a dictar las normas, a la manera de los contratos de adhesión. El resultado del nuevo paradigma fue la separación creciente entre la riqueza generada y las remuneraciones. El siguiente gráfico del Economic Policy Institute —que se autodefine como “el thinktank de los trabajadores”— refleja cómo las remuneraciones (línea clara) mantuvieron un crecimiento proporcional a la productividad (línea oscura) hasta finales de los años setenta, momento en el que se inició un desacoplamiento radical en el que las retribuciones reales prácticamente se han estancado. El resto de las ganancias de productividad (producción conseguida por unidad de recurso) han revertido a los beneficios empresariales.

Productividad y remuneración por hora. Fuente: Economic Policy Institute (EPI), con datos de BEA y BLS.
Siempre en el marco de un juego de espejos transatlántico, el Reino Unido fue el primero en iniciar una campaña de privatización de sectores estratégicos, que, después de por Estados Unidos, terminaría siendo imitada por el resto de la Europa Occidental. La pérdida de poder sindical, la privatización, la desregulación de mercados y el fin de la progresividad fiscal aparecían grabadas en las nuevas tablas de la ley. En el cambio de década a los 90, la caída del muro de Berlín y la inmolación de la Unión Soviética dieron el empujón definitivo al modelo neoliberal: en el nuevo mundo unipolar, los organismos económicos globales (sobre todo, FMI y Banco Mundial) exigieron reformas estructurales en esa dirección a cualquier país que solicitase ayuda financiera. En los países desarrollados, los partidos socialdemócratas entraron en una fase de desconcierto de la que pocos han escapado aún, al interiorizar que cualquier medida económica de carácter social o mínimamente keynesiana recordaría a los votantes el denostado comunismo. La lucha de clases quedó abandonada por una necesaria pero no incompatible reivindicación de los derechos de las minorías, derivando en lo que hoy se conoce como ideología woke.
Los resultados más tangibles de la política neoliberal se centraron en el control de la inflación y, en consecuencia, de los tipos de interés (un control condicionado, como ya lo estuviera antes, por los shocks externos de oferta, como las guerras en países productores de energía o la propia pandemia). La especulación bursátil empezó a ponerse de moda, iniciando una senda que no ha dejado de crecer. La creación de productos de calidad pasó a un segundo plano, y la nueva economía de casino empezó a generar crisis cada pocos años: primeros 80, 1987, primeros 90, burbuja .com con el cambio de siglo… De hecho, se sucedieron de forma mucho más frecuente que en los 30 años anteriores, pero no parecía importar: los golpes eran seguidos por booms que dibujaban en el ciudadano medio una ilusión de riqueza.
La última pantalla como impulso
El boss definitivo del videojuego apareció en 2008. Para entonces, el sistema financiero ya funcionaba exactamente como preconizara Friedman: limitación del poder de los organismos reguladores; agencias de calificación y auditoras pagadas por las empresas y los bancos a los que examinaban; desregulación de cualquier producto complejo y vuelta a la integración de los negocios comercial e inversor en los bancos (la ley Glass-Steagall fue revocada en el mandato del demócrata Bill Clinton). Con esos mimbres, la espiral de deuda privada de la década anterior terminó por reventar. La Gran Recesión puso en jaque la economía mundial, destruyendo decenas de millones de empleos y llevando a varios países al borde de la bancarrota.
¿Qué ha sucedido desde entonces? El famoso “too big to fall” (demasiado grande para caer, por su efecto contagio hacia el resto del sistema) hizo que los agujeros creados por media docena de bancos de inversión fuesen tapados con el dinero de los contribuyentes, los mismos que habían perdido sus hogares y sus empleos por las decisiones de los grandes ejecutivos. Ninguno de estos fue condenado; de hecho, pudieron quedarse con los beneficios en forma de bonos que extrajeron de sus políticas irresponsables (muchos de ellos, centenares de millones de dólares). Mientras Barack Obama faltaba a su promesa de reformar el sistema regulatorio y la compensación de los directivos, la Unión Europea apostó por una política de recortes fiscales que puso contra las cuerdas a los países mediterráneos. La lección fue cristalina: en el nuevo capitalismo, los beneficios se privatizan y las pérdidas se socializan.
La Gran Recesión tardó cerca de una década en ser digerida, y el final del sueño generó una desafección hacia la política tradicional que se ha traducido en el auge de la ultraderecha. En EE UU, Latinoamérica y Europa, racismo y xenofobia ganan posiciones desconocidas desde la Segunda Guerra Mundial. La paradoja (o el éxito) de la operación es que esos partidos antisistema proponen, precisamente, ahondar en las política económicas que llevaron al desastre de 2008. El anarcocapitalismo es su refrito más conocido. Mientras se culpa al diferente, el discurso dominante recupera términos como competitividad, flexibilidad o disrupción, mientras que el vocablo de moda para los trabajadores es resiliencia: como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie, que cantaba El Dúo Dinámico. La clave es resistir y centrarse en lo que uno ha hecho mal, o lo que le falta por hacer. Ya sea formarse en inteligencia artificial, invertir en criptomonedas o levantarse a las cinco de la mañana para hacer burpies, según dicten las redes sociales. Cualquier cosa, salvo reparar en las condiciones que hacen que el junco se doble permanentemente.
Fuentes
Charles Ferguson — Inside Job — Sony Pictures
Adam McKay — La gran apuesta — Paramount Pictures
