Aquí va el título del ensayo
que vamos a añadir

Aquí´va el título del ensayo que vamos a añadir

Una idea clara de lo que supone la inteligencia artificial pasaría por separar lo que ya está sucediendo de lo que pueda llegar a pasar. Sam Altman, presidente de OpenAI y promotor de ChatGPT (el producto con crecimiento más rápido de la historia), afirmó ya en 2015 que la creación de una inteligencia artificial superior a la humana sería “la mayor amenaza para la continuidad de la espacie”. Y no parece un futuro distópico: Mark Zuckerberg, fundador de Facebook (hoy Meta), admite que “en los próximos años las personas podrán usar una superinteligencia que supere la capacidad humana”. El único riesgo, a su juicio, es que se pretenda centralizar la investigación “en unas pocas instituciones”, lo que impediría convertirla en “una herramienta que empodere a todos”. En una carta publicada por The Wall Street Journal, Zuckerberg afirma que “ofrecer una superinteligencia personal a todos es la forma de responder”. Como ejemplo, señala el caso de la justicia: las grandes empresas y fortunas suelen tener ventaja en los juicios porque cuentan con los mejores abogados. Si todo el mundo pudiese acceder al mejor (al menos, en términos de conocimiento legislativo, jurisprudente y de casos análogos), la mesa tendería a nivelarse. Es una visión que suena democrática, pero que no aborda los retos que plantearía esa capacidad sobrehumana en manos de cualquiera. Porque donde sí parece haber consenso es en que no todas las personas son igualmente responsables ni bienintencionadas. En esa línea, las grandes desarrolladoras de IA se enfrentan desde hace varios meses a una dura pugna respecto a la liberalización de los códigos de sus programas. Un debate sobre el “código abierto” que ya se produjo respecto del software y los sistemas operativos de los años 70 y 80. La mayoría de ellas, incluida Meta, aboga por una apertura que permita a cualquiera trabajar sobre los códigos existentes, lo que redundaría en una mayor competencia (y calidad, según la teoría del mercado). Palantir defiende la posición contraria, en teoría para minimizar errores que puedan resultar fatales y para cortar el acceso a potencias enemigas.


No es necesario esperar a que se confirmen o refuten potenciales tendencias para valorar los cambios que la IA ya está infligiendo a la sociedad. Desde la aparición de ChatGPT, no pocos alumnos de institutos y facultades optan por presentar en su nombre trabajos realizados por una IA. No suele ser difícil identificarlos, porque el lenguaje utilizado a menuda los delata. Pero los más sofisticados ya plantean la pregunta con salvaguarda: “Hazme un trabajo sobre tal tema, pero con un lenguaje que haga parecer que lo he escrito yo”. El riesgo que ya vivimos es que los chavales interioricen que no merece la pena aprender nada, ni reflexionar sobre nada, ni preguntarse nada, porque para eso ya tienen la IA. ¿Qué tipo de ciudadanos estamos creando? ¿personas que van a pasar de perfil por la vida? ¿que van a limitarse a ser consumidores? Por supuesto, esta reflexión es extensible a los adultos: llevar en el bolsillo algo que piensa por uno mismo es un incentivo diabólico demasiado goloso.


Respecto al trabajo, la revolución de la IA puede acabar con la participación del ser humano en centenares de profesiones. Es cierto que, desde el tiempo en que los luditas que rompían telares durante la Revolución Industrial, los avances tecnológicos radicales en el ámbito laboral han sido vistos con recelo. Pero lo que terminó sucediendo fue un desplazamiento: las máquinas (empezando por la de vapor) se encargaron de las tareas basadas en la repetición y la fuerza y los seres humanos fueron ocupando espacios más necesitados de intelecto. El problema que plantea la IA es que, si las máquinas ya copan el trabajo de la rutina y la fuerza y van a ocupar la mayoría del intelectual, queda poco espacio para las personas. Zuckerberg no está preocupado por el posible impacto en el empleo, pues confía, sin mayor profundidad económica, en que “será más fácil iniciar negocios sin grandes cantidades de capital”. En cambio, su colega Elon Musk, accionista mayoritario de X, SpaceX, Tesla y Grok, admite que para eludir la desmotivación mantiene una “suspensión voluntaria del escepticismo” respecto al futuro, porque sabe que próximamente la IA hará su trabajo mejor que él. Sea como fuere, ¿es necesariamente malo que tengamos menos trabajo en el futuro? Personalmente, no veo que la ganancia de tiempo libre a costa del esfuerzo previo nos haga peores. El problema vendrá, como casi siempre, del reparto de la riqueza: ¿quién se llevará las innegables ganancias de productividad asociadas a la IA? ¿podrá el común de los mortales llevar una vida digna dentro de, digamos, 50 años? A la vista de que hoy le cuesta llevarla trabajando de nueve a siete, tengo mis reservas.


¿Y qué va a pasar con la creatividad, el que muchos ya contemplan como último rasgo inequívocamente humano? Las primeras notas del archiconocido Himno a la Alegría son de Mozart. Compruébelo: aparecen en una pequeña y repetitiva obra religiosa llamada Misericordias Domini, K. 222 (KV 205a) —de largo, la forma más fácil de ganarle una cena a cualquiera que se jacte de ser experto en música clásica—. ¿Implica esto que la grandiosidad y la capacidad de conmover de la épica Novena Sinfonía no deba atribuirse a Beethoven? En absoluto. Hay una célebre frase atribuida a Picasso en esta línea: “Los buenos artistas copian; los grandes artistas, roban”. El arte funciona así: también el genial. Asumido esto, ¿existe algún límite moral —dado que parece no haberlo en el ámbito estético— a que una máquina pueda hacer uso de su conocimiento ilimitado para crear una novela, un poema, un cuadro o una pieza musical que llegue a emocionarnos? Supongo que aquí habría que distinguir dos extremos. Por un lado, el hecho de que algo guste no significa que sea bueno. La IA ya ha empezado a generar hits sin intervención humana; la tendencia, por lo que respecta al mainstream, parece clara. Cuando hablamos, en cambio, de arte, es posible que las creaciones de la IA adolezcan de una sensibilidad impostada, por ser fruto de una mezcla de sensibilidades humanas previas. ¿Seremos conscientes de ello? Es probable que no. Quizá ni siquiera necesite aproximarse a algo parecido a una sensibilidad propia para que su producción nos lleve al encantamiento.


Ya que hablamos de los riesgos más evidentes, no dejemos de lado las ventajas. La inteligencia artificial ya es capaz de realizar operaciones inaccesibles para el ser humano en automatización de procesos o análisis de datos. Esas nuevas capacidades implican ahorros de tiempo y recursos, reducción de errores al mínimo y una capacidad de predicción desconocida. En una palabra: un salto de productividad nunca antes conocido. En sectores tan relevantes para el bienestar humano como la medicina, ello deriva en mejoras radicales en diagnóstico, investigación o incluso intervención. Se trata de cambios estructurales en la sociedad que pueden terminar descendiendo hasta el consumidor, porque indudablemente están suponiendo fuertes aumentos de calidad y reducciones de costes. Entramos en una situación de mayores márgenes disponibles. Como siempre, esto puede repartirse entre beneficios empresariales y salarios, o incluso revertir en un descenso de precios para los consumidores. Como siempre, de esas decisiones dependerá el beneficio social de la ganancia de productividad.


Sin duda existen muchos más ejemplos de beneficios y de perjuicios anejos a la IA ya desde su configuración actual, —como la manipulación de elecciones o el ingente consumo de agua y energía—, pero probablemente el análisis más relevante es el que se refiere a los dos siguientes niveles de su desarrollo: inteligencia de nivel humano e inteligencia superior a la humana. Porque en esa partida se definirá el reparto del poder, entre humanos, por una parte, y entre humanos y máquinas, por otra. A la vista de recientes acontecimientos internacionales, parece que la época de los consensos en Occidente surgida tras la Segunda Guerra Mundial alrededor de la ONU está tocando a su fin. La creación de algún tipo de organismo global, a la manera de lo que ha sido la OIEA para el control de la energía atómica, es una quimera al menos a día de hoy. Al margen de la centralizada China, ni siquiera los Estados tienen gran cosa que decir en esta partida. Una parte extraordinariamente importante del futuro de la IA está siendo decidida por un puñado de empresarios estadounidenses que aglutinan las mayores fortunas poseídas hasta hoy por cualquier ser humano. ¿Hasta qué punto podemos confiar en su criterio?


El poder que viene

Veamos el caso de Palantir. La firma fue fundada por Peter Thiel y Alexander Karp en el rebufo de los atentados del 11-S con el objetivo era recopilar y tratar información con objetivos militares. Su principal cliente es el gobierno de EE UU, con quien colabora tanto a nivel interno (en organismos como el ICE) como externo. También ofrece servicios a otros Estados como Israel: por ejemplo, ha ayudado a identificar potenciales terroristas de Hamás en el marco de la invasión de Palestina, calificada de genocidio por organismos de la ONU. Varios extrabajadores han acusado a la tecnológica de llegar a establecer ratios de “daños colaterales” (civiles muertos) tolerables por cada objetivo, en función de la importancia de estos últimos. Palantir sostiene que su apoyo es para “operaciones logísticas”, aunque Karp desliza una argumentación “moral” a este tipo de acciones en su reciente bestseller La República Tecnológica. “La rigidez de nuestro enfoque a la hora de abordar los delitos y la voluntad de pasar por alto los resultados y de perseguir lo impopular son síntomas de deficiencias en una sociedad cuyos líderes se han desvinculado de los resultados que, supuestamente, deben promover”. Una idea maquiavélica que le sirve de guía para su visión de lo que debe ser la relación entre tecnología y Estado: en un argumento que sirve de esqueleto al libro, Karp insiste en que el Silicon Valley de hoy se limita a ofrecer pequeños divertimentos al consumidor, cuando su responsabilidad es defender a Estados Unidos colaborando con el hoy llamado Departamento de Guerra.


Con un lenguaje de permanente confrontación entre “ellos” y “nosotros”, Karp también defiende en el libro la superioridad de “ciertas culturas”. Puede sonar radical, pero todo es relativo. El otro cofundador Peter Thiel afirmó en el ensayo La Educación del Libertario afirma que la extensión del voto a las mujeres “ha convertido la idea de democracia capitalista en un oxímoron”, antes de aclarar: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. En una conferencia reciente, Thiel llamó a superar la fase de la democracia participativa en favor de una tecnocracia pues, a su juicio, las capacidades disponibles ya no hacen necesario someterse a la voluntad popular. Con matices, el que fuera ministro de Finanzas de Grecia durante la crisis de la deuda, Yannis Varoufakis, ya advirtió de esa tendencia desde el otro extremo ideológico. En su libro Tecnofeudalismo, sostiene que desde hace dos décadas el poder real ya no lo ostentan los propietarios del capital tradicional. Estos siguen extrayendo beneficios de los trabajadores, pero a su vez “se han convertido en vasallos de una nueva clase de señor feudal, los propietarios del capital en la nube”. En cuanto al resto, “hemos vuelto a nuestra antigua condición de siervos y contribuimos a la riqueza de la nueva clase dominante con nuestro trabajo no remunerado [cesión de datos en la nube], además de, cuando tenemos la oportunidad, con el trabajo asalariado”. La imagen de la segunda toma de posesión de Donald Trump en la presidencia de EE UU, con Elon Musk (X), Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Meta), Sundar Pichai (Google), Sam Altman (OpenAI) o Tim Cook (Apple) situados justo detrás de la familia del primero, fue un icono de la nueva relación entre poder y tecnología. Volviendo a Thiel, su posicionamiento moral quedó retratado para la posteridad durante una entrevista con el New York Times. El periodista Ross Douthat trató de buscar puntos de encuentro básicos: “Usted preferiría que la la especie humana perviviese, ¿verdad?”. Durante varios segundos, Thiel encadenó balbuceos como “Ehmm”, “Humm”. El entrevistador advirtió: “Esa es una duda muy larga”. “Hay muchas implicaciones en esa pregunta”, cerró Thiel. El nivel moral es ese, y el poder es el descrito. ¿Habría que hacer algo por limitar ese poder? Llegados a este punto, ¿es acaso posible?


Marcos Ezquerra · 7 de septiembre de 2026

Marcos Ezquerra · 7 de septiembre de 2026

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